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Hoy en día es fácil encontrar muebles y objetos de madera producidos en serie. Están en todas partes, son rápidos de conseguir y todos se parecen. Por eso, cuando alguien elige una pieza hecha a mano, no está comprando solo un objeto: está eligiendo una forma distinta de entender la madera, el tiempo y el valor de las cosas.
En mi taller, cada pieza empieza mucho antes de encender una máquina.
El primer paso siempre es elegir la madera. No todas las tablas sirven para cualquier proyecto, y no todas cuentan la misma historia. Me fijo en las vetas, en los nudos, en el color y en cómo ha crecido ese árbol. La madera nunca es perfecta, y precisamente ahí está su belleza.
No intento ocultar su carácter, sino respetarlo y trabajar con él. Por eso, aunque haga dos piezas similares, ninguna será exactamente igual a otra.
Trabajar la madera de forma artesanal requiere tiempo y atención. Medir, cortar, ajustar, lijar, volver a medir… Cada fase del proceso influye en el resultado final. No hay atajos ni prisas, porque una pieza bien hecha necesita su ritmo.
Para mí, el tiempo no es un coste, es parte del valor. Cada hora invertida se nota después en la solidez, el tacto y la durabilidad de la pieza.
En la producción industrial todo es uniforme. En la artesanía, no. Una veta más marcada, una pequeña variación o una marca sutil son señales de que esa pieza ha sido trabajada a mano.
No las veo como defectos, sino como detalles que hacen que cada objeto sea único. Son esas pequeñas diferencias las que convierten una pieza en algo personal, algo que no se puede repetir exactamente.
La diferencia no está solo en el acabado, sino en la filosofía:
No intento competir con la industria. Mi objetivo es ofrecer algo distinto: piezas con identidad, hechas con cuidado y respeto por el material.
Una pieza artesanal no termina cuando sale del taller. Empieza una nueva etapa cuando entra en tu casa. La madera envejece, se marca con el uso y cambia con el tiempo. Y lejos de perder valor, lo gana.
Cada uso, cada marca y cada año forman parte de su historia.
Elegir una pieza hecha a mano es una decisión consciente. Es apostar por el trabajo bien hecho, por procesos honestos y por objetos que no pasan de moda porque nunca fueron una tendencia.
Detrás de cada pieza que hago hay tiempo, experiencia y pasión por la madera. Y eso es algo que no se puede fabricar en serie.